domingo, 10 de febrero de 2013

De cómo un cumpleaños puede tener dos vísperas y una fiesta



I: Una Habana bien Abierta
    Vienen recuerdos vagos a mi memoria. Parece que fue hace tanto tiempo esa semana en la que me lo pasé tan bien. No parece que haya sido hace menos de un mes. Aunque eso, en mi opinión, ocurre siempre con los buenos recuerdos. Tenemos la necesidad de hacerlos lejanos para sentir nostalgia por ellos.
    Todo comenzó un día común y corriente de jueves, conmigo en mi silla de siempre en mi querida aula de mí no tan querido tecnológico. Todo parecía normal, las clases aburridas, conversaciones intrascendentales sobre canciones sin letra (no el Himno de España, me refiero a canciones de reggaetón) y gente fugándose. Luego del tan esperado receso, me llegaba un mensaje de Jane: ``Hay fiesta hoy a las 6 n mi ksa pa ir al maxim hab abierta´´. Me quedé estupefacto. ¿Salida un jueves? Eso sí era raro. En eso gritaba ``¡¡¡AQUI!!!´´, recitaba mi tarea de Costo y regresaba a mi silla. Sentado volví a comerme la cabeza. No entendía el mensaje. ¿Fiesta en mi casa para ir al Maxim Habana Abierta? ¿Qué íbamos a hacer? ¿Fiesta, ir al Maxim o a la Habana? Como dije, estupefacto, aunque bueno, pensándolo fríamente, no era mala idea. Yo, partidario de la gozadera (cuando hay que gozar) partí en busca de un móvil con saldo, ya que yo, figura pública muy solicitada al fin (si, ironía), no tenía. Le respondí que sí, que allí estaría, pero a eso de las 7, por la simple razón de que ese día yo comenzaba en el taller de teatro. Si, en un taller de teatro. Yo soy polifacético.
    Jane es una muchacha de 24 años, carismática, inteligente y muy amigable, con un gran parecido a Emilia Clarke, de Game of Thrones. Su actitud y el aura que desprende, sumado a sus cabellos dorados (en fin, que es rubia), hacen que consiga siempre –o casi siempre­ – lo que se propone. No sé si fue esto o mi locura por las rubias (bazinga) lo que, como ya dije, hizo que aceptase. El día siguió su curso y yo tenía un motivo para no querer morir del ostine en mi casa por la noche.
    Eran casi las 4 de la tarde. ``¡¡Mami, ponme agua a calentar!!´´. Corriendo, agitado, como siempre, dejándolo todo para el último momento. Salía de la casa ya a las 5 menos cuarto a coger una maquina en Maternidad. Fue rápido, muy rápido, de hecho, aunque mi sorpresa se esfumó cuando, por una tontería, una oficial de tránsito paraba al conductor. Exactamente, el primer día y yo llegando tarde. Yo soy polifacético,  y retrasado (en los 2 sentidos).
    Hacia mi entrada triunfal en la Casona de Línea a las 5 y cuarto, ya habiendo comenzado el profesor. Ni se inmutó. ``Inspiren, expiren, inspiren…´´ era lo único que decía, y yo, cual mimo, me uní al ejercicio. Aun así, quedaba algo rondando en mi cabeza. ¿Qué era? ¿Era algo importante? No sé, yo estaba inspirando y expirando y jadeando y sudando (cosa normal en mí que siempre llego tarde). Hicimos ejercicios de memoria, de dicción, y de otras cosas; nos conocimos por parejas y debíamos presentarnos el uno al otro frente a los demás. Yo, todavía tratando de recordar que se me había olvidado (eran ya las 6 y diez), me olvidé de lo que mi pareja me había dicho, por lo que cuando mi turno llego invente que le gustaba cantar, bailar, el teatro (un poco obvio, ¿no?) caminar por el Malecón y hacer cosas con sus amigos. ¡Vaya, que si no acertaba 3 de 5, ella no era cubana! ¡Coño, el Maxim!
    –Profe, necesito salir temprano hoy. Tengo que hacer… un mandado (sí, claro).
    –Si dale ve – me dijo un poco serio –. No te preocupes – un poco más relajado replicó
    –Gracias, no volverá a pasar.
    Así, con mi cara de concreto, luego de darle un beso a cada muchacha y un apretón de manos a cada muchacho, salí de allí antes de las 7. Corriendo, saltando, inspirando, expirando, jadeando y sudando, me las arregle para estar en casa de Jane a las 7 menos cinco.
    – ¿Qué tal?  – Jadeo – ¿Qué te – jadeo – falta?
    – Nada, ahora me iba a bañar.
    – ¿QUÉ? ¿¡Pero tú viste la hora que es!?
    – A mí me dijeron a las 8
    No me lo podía – ni me lo quería – creer. Entre y me senté en su cuarto a sofocar mi fatiga con el ventilador. Luego de 5 minutos de incesante espera (soy muy impaciente) llego May. May es una muchacha de 24 años, muy parecida a su madre (lo cual no significa que sea o que tenga cara de vieja), simpática inteligente y muy, muy paciente. El día que yo aparezca con un ojo morado luego de salir de casa de May, ese día se la habrá acabado la paciencia. A primera vista puede parecer una joven seria, trabajadora y amable. No lo es.
    Justo cuando Jane salía del baño, terminábamos May y yo de burlarnos de sus poses fotográficas. Hablábamos de cosas sin sentido (como siempre), hasta que a May se le ocurrió la brillante idea de decir que a ella le habían dicho que a las 9 allá. Por qué lo hizo no lo sé, pero gracias a eso, Jane, que de por si se toma su tiempo, ahora se lo tomo aún más. Bueno, no podíamos alterarnos, todavía faltaba una más: Yoyi. Estaba trabajando y venia de empalmada. Yohandra es una de esas personas que a primera vista puede parecer un poco fría, pesada y autosuficiente (se considera a sí misma autosuficiente suficiente), pero a medida que la vas conociendo te das cuenta que es todo lo contrario a lo que veías. Bueno, no tanto. Al igual que las otras dos, es inteligente, trabajadora, divertida y un tanto atractiva. No es que me guste (recuerden mi locura por las rubias), pero es que hay algo que atrae de ella. Puede que sea su carácter, su baile de Gangnam Style o su insaciable deseo por quitarme el pullover; aun no lo sé.
    Luego de un rato más de burlas llegaba ella. Corriendo, saltando, inspirando, expirando, jadeando y sudando, entró, llegó a la cocina, volvió a la sala, se sentó en el sofá y comenzó a comer de un pozuelo que traía. Aclaro que todo esto paso en menos de un minuto y que May y yo –  Jane seguía peinándose –  lo vimos desde la puerta del  cuarto.
    Ahora sí, Yoyi comida, Jane peinada y May y yo muertos del asco, estábamos listos para partir. A esa hora para la parada. Pero bueno, luego de la peinadera de Jane, la – no tanta– demora de Yoyi y mi salida (no tan triunfal como mi entrada) del taller de teatro, no me podía alterar (esa fue mi máxima el resto de la noche), por lo que cuando llegamos a las 9 y media al Maxim, no lo hice. Bien por mí, el estrés da calvicie. Gracias a Dios no tuvimos que hacer cola ya que llegamos temprano. ¿¡TEMPRANO!? Calma… Además, Loyo y Gleisys estaban ahí ya.
        Loyo y Gleisys son la pareja de mayor antigüedad en el piquete. Se conocen desde la Lenin, aunque no se bien como comenzó su historia. Yo es que tampoco soy tan chismoso. Loyo fue el primer ``macho´´ del piquete. Se llama Alejandro, pero todos – o casi todos – le llamamos Loyo, Loyola o incluso Lola. Alejandro no se usa. A sus 25 años, tiene sus objetivos claros: ganar mucho dinero. Bueno, como todos, pero el mas. Solo le falta como hacerlo. Hablemos de Gleisys. Podríamos llamarla ``mama´´, no por ser la mayor (ni por ser la que más arrugas tiene), sino porque su responsabilidad, en mi opinión, es mayor a la de todos juntos. Algo que no me queda claro es a que se dedica. Sé que estudió… no tampoco sé. Derecho o algo por el estilo. Es una de las cuatro personas del piquete que menos conozco, aunque de ella podría decir que es una muchacha de 24 años, simpática, firme y, como ya dije, responsable.
    Entramos. ¡Había aire acondicionado! ¡Qué bien! Luego de un día de corretaje y sudadera, esto fue lo mejor que pudo habernos pasado. En este momento, podríamos tomar como referencia una imagen mía con cuchillos en la mano y buscando los antidepresivos, solo para explicar cómo me sentí cuando descubrí que significaba la última parte del SMS de Jane: estaba tocando Habana Abierta. Si de por si la había pasado mal – por decir una palabra– para llegar al Maxim, y para colmo tenía que escuchar a esa gente, ya no podía pasar nada más. Y así, entre algún que otro movimiento (a eso que yo hago no se le puede llamar baile), alguna Bucanero y algún salto suelto transcurrió la tortura. Unos intensos `` ¡Vámonos!´´ salían de mi boca y de la de Jane. Unos frikis (yo soy también medio micky) en Habana Abierta. Permítanme carcajearme. Al menos me reí cuando, al decir la agrupación ``Ya casi estamos terminando´´, cayó la última gota en el – pequeño – vaso de Jane, quien se sentó en el piso y dos minutos después salió. Yo la seguí, en este caso no por mi locura por las rubias, sino por nuestro orgullo friki (¿Eso existe?). May y los otros no, ellos seguían bailando, saltando, etc.
    Esa fue nuestra noche de jueves-viernes. Si, sin comentarios. Pero bueno, mañana podría mejorar mi suerte. ¿O no?

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